Hola, soy Judith, y estoy viviendo en Layos (Toledo). Esta tierra siempre atrajo a místicos de las tres culturas y en la Edad Media nos congregábamos aquí multitud de hechiceros y druidas para compartir conocimientos.
Cuentan que la Edad Media fue una época de oscurantismo, donde el saber no tenía cabida, pero eso no es cierto. Lo que ocurrió, en realidad, fue que muchos empezamos a hacer descubrimientos que amenazaban a los poderes oficiales. La nobleza empezó a temernos pues vieron que si nuestro conocimiento se extendía por el pueblo llano perderían sus privilegios. Si los secretos de la cábala y la alquimia se propagaban no podrían dominar al pueblo.
Nosotros éramos conscientes de que "Saber es poder" y que el conocimiento en malas manos es peligroso, y si no que se lo cuenten a Albert E. Procurábamos ser cuidadosos y que nuestros conocimientos fueran puestos al servicio del la humanidad. La intuición de la gente comenzó a aflorar y empezaron a conectarse de forma masiva con su yo superior, pero algo salió mal. Algo se torció. El pueblo empezaba a pensar por sí mismo y su obediencia a los miembros de la Iglesia iba en detrimento y los poderes establecidos cargaron contra nosotros.
Las mujeres fuimos especialmente temidas, -aunque muchos hombres corrieron también nuestra misma suerte-. Nuestra conexión con lo femenino nos había vuelto sumamente poderosas. Como a muchas otras, a mí me acusaron de brujería. Ingenuamente pensé que lograría convencer a aquellos hombres de que aquella revolución espiritual sería beneficiosas para todos.
En esta, mi decimoquinta encarnación, tardé 23 años en regresar a Toledo y entrar en lo que fue la sede de la Santa Inquisición, el lugar en el que fui juzgada. Actualmente, es una sala de conciertos y repetidamente he bailado allí hasta el amanecer, -confieso que con alguna copa de más-, liberándome de todo el dolor de aquella vida.
Actualmente, estoy recuperando mis poderes y te agradezco infinitamente la escoba que me regalaste. La mía estaba rota. Ahora yo también quiero regalarte algo.
Cuentan que las hechiceras, -nunca me gustó el término bruja-, concedíamos deseos. Eso no es del todo cierto. Nosotras solo enseñábamos a hacer realidad los deseos de la gente. La técnica es algo compleja, pero sé que estás preparado para esto.
Cierra los ojos. Pide un deseo. Medítalo durante un rato. El deseo debe provenir desde el fondo de tu alma, del amor y debe traer el bien para todos los implicados. Ahora siente que lo mereces e imagina cómo te sentirás cuando lo hayas logrado. Regodéate en esa sensación. Visualiza tu vida con aquello que deseas y deja que tu cuerpo se llene con todas las hormonas del placer. Recuerda que el cuerpo no distingue las experiencias reales de las recordadas o imaginadas. Emociónate. Ilusiónate. Agradécelo, pues tu deseo ya se ha visto realizado en otro plano. Ahora solo tienes que materializarlo en este.
Y cuando lo hayas logrado ven a Layos. Coge el camino del cementerio y en la última casa a la derecha te estaré esperando.
Judith.